PROYECTO / DEPORTE

RIO 2016

Manu selló su adiós: “No me quedó nada pendiente”; el bahiense intentó contener las emociones por el retiro del seleccionado, pero tuvo muchos estímulos y se terminó quebrando

RÍO DE JANEIRO.- El cubo que pendía del techo del Arena Carioca I mostraba en primer plano a Emanuel Ginóbili justo en el cierre del partido. Eran cuatro Manus simultáneos en las pantallas, en realidad. Y ahí se veía cómo los músculos de su cara intentaban contener las lágrimas, pero era inevitable: su nariz se ponía roja y sus ojos, vidriosos. Un sollozo inocultable, alimentado por la bulla de alrededor. Si hasta los basquetbolistas norteamericanos le hicieron un mini homenaje, ofreciéndole la pelota anaranjada, sabiendo también que pronto lo volverán a ver en el mundo aparte de la NBA. No era su idea, tanto amor: “Traté de no vivirlo como algo tan especial. Quería pasar inadvertido e irme con la cabeza gacha al vestuario, pero el mundo conspiró en mi contra para que eso no suceda. Primero Oveja [Hernández] me dice que me va a poner de nuevo y después me saca para el aplauso; luego alguien aparece con la pelota y me hace volver a la cancha. Después mis compañeros, el afecto de la gente… fue imposible contener la cordura, la serenidad, un poquito me quebré”.

Y ahí estaba la postal de un atleta que se ubicó en el olimpo del deporte argentino junto con Diego Maradona, Guillermo Vilas, Carlos Monzón, Juan Manuel Fangio y Roberto De Vicenzo. El hombre solo en el medio del estadio, con el peso de su gigantesca carrera en el seleccionado definitivamente atrás. Manu y su toallón blanco sobre su hombro izquierdo, Manu sosteniendo una camiseta albiceleste y la pelota con su zurda genial. Saludaba a los cuatro costados y miraba nostálgico a ese grupo grande de hinchas argentinos que se fueron apilando sobre las barandas, formando una U alrededor del estadio. Un ritual, una adoración al ídolo que daba la última función. Por eso, el grito estentóreo: “Oleee // Oleeé // Oleeé // Oléee // Manuuu // Manu //”.

Flashbacks, momentos que se le vienen a esa cabeza rapada como diapositivas. Aquel triunfo sobre el Dream Team en Atenas 2004, la coronación de laureles en esos Juegos, la medalla de bronce en Pekín 2008… Más atrás en el reloj, la caída sobre el filo ante Yugoslavia en el Mundial de Indianápolis 2002. Su aventura arrancó en el Mundial de Atenas ’98. “¿Cosas pendientes? No. Si no hubiésemos ganado algo grosso, habría dicho que sí. Esa espina nos la sacamos desde hace un montón de tiempo y seguimos compitiendo como si nunca hubiésemos ganado. No me quedó nada; tengo la enorme fortuna de decir que a los 39 años estuve en otros Juegos Olímpicos y que los volví a disfrutar. Me sentí útil, no vine de adorno, y creo haber contribuido”.

 

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